Un artículo 'en prensa' que saldrá en el próximo EDEN, Dios mediante. Sin permiso de los editores, lo comparto en este blog:Una pálida celebración. (Gustavo Sobarzo)
¿Qué piensas cuando piensas en navidad? Para muchos es el recuerdo de una infancia
alegre, la compañía de los seres queridos, la comunidad de una iglesia amorosa, o inclusive el recuerdo de un niño en un pesebre. Para la mayoría es sin embargo una celebración bastante
extraña. En el ‘amor y la paz’ del ambiente y de esta fecha se entremezcla el aroma al estrés y el consumo desenfrenado. Me llama la atención poderosamente como cada año hay más énfasis en lo que se ‘va a regalar’ que en el significado de esta celebración. Si vemos los avisos publicitarios en la televisión, veremos que cada producto del mercado busca sacar una tajada de la gran torta de consumo de los chilenos: juguetes, adornos, electrodomésticos, computadores, celulares… ¡hasta los abarrotes de los supermercados! Y lo que es más extraño aún, se disfraza este consumo como algo bueno (¡sea inteligente, aproveche las ofertas! O ¡de lo mejor o más caro, pues el espíritu es dar! Amor=regalos…), una bondad hipócrita que me resulta profundamente repugnante.
¿De dónde viene la raíz de este consumismo navideño? Para algunos sus orígenes mismos están en Mateo 2:11, cuando los sabios de oriente llegan con presentes para la madre y el niño Jesús. Hoy pienso que estos sabios y María estarían horrorizados de ver aquel cuadro desfigurado hasta convertirse en lo que es hoy la navidad para muchos: la ocasión en que la economía puede repuntar, la fecha de las ganancias que salvan el año en muchas empresas, la ocasión en que se celebra la esclavitud a un sistema económico retorcido.
Tristemente la navidad se convierte para la mayoría en desvirtuar un don loable en sí mismo, que es el dar (como muestra de amor), en el consumir para dar (como costumbre incuestionada).
El centro de la primera navidad, y el de la visita de los sabios de oriente no estuvo en el valor de los presentes, ni tampoco en el gesto de traer obsequios , y aún es más, ni siquiera estuvo en la unión de la familia (Ni se menciona a José en este pasaje). El centro estuvo donde también hoy
debería estar, en la adoración del Rey de los judíos. Los sabios viajaron desde lejos con un solo objetivo: adorar a aquel que esperaban. La fe de estos hombres es inmensa. Los discípulos de Jesús creyeron que él era el mesías sólo después de haberlo visto actuar y predicar (inclusive luego de su resurrección). Estos hombres, extranjeros, creyeron en él cuando solo era un bebé de pecho, sin presenciar un milagro, sin escuchar una palabra. Sólo con la revelación de Dios en una estrella, y probablemente con historias antiguas, voces proféticas, fueron capaces de reconocer al Cristo, el Mesías que iba a salvar el mundo, cuando aún vestía pañales.
La verdadera historia de navidad es mucho más bella que las coloridas luces y música que el mundo actual nos quiere hacer creer que es. Vemos que tal como dijo C.S. Lewis, el problema no es que el hombre anhele demasiado, el problema es que se conforma con muy poco. No nos conformemos con esta pálida celebración que vacía nuestros bolsillos, y genera falsos ‘sentimientos bonitos’. Busquemos revivir en nuestros corazones el nacimiento de Aquel Salvador que aún hoy reina en los cielos y en la tierra. Aquel hombre por el cual somos y existimos.
Aquel hombre sin el cual nunca habría habido navidad ni nada más.

