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martes, septiembre 02, 2008

PAISAJES EN MI MENTE

ANTES DE QUEDARME DORMIDO ANOCHE se me vinieron a la mente una serie de lugares, paisajes principalmente, que han quedado grabados en mi mente. Curiosamente de ninguno de ellos guardo una fotografía o algo, por lo que se que están cautivas en mis recuerdos, sin que nada me asegure que lo engañoso de mi memoria los haya modificado sin posibilidad de desmentirlo.

El primer lugar lo constituye un sitio hermoso. Lo visité varios años seguidos, a principios de mi adolescencia. Un lugar de bosque nativo, en la novena región. Con mi familia usualmente recorremos parajes alrededor de Melipeuco, donde vivien unos parientes. Por varios años fuimos a "los saltos", una serie de lugares anónimos e irrepetibles esparcidos a lo largo del recorrido del rio. Muchas veces subimos a pie, casi en forma de ritual, todos los hombres de la familia, en recorridos que facilmente nos tomaban toda la tarde, contra la corriente, sobre rocas resbalosas y afirmándonos cada uno con una caña. Cierta vez en medio del camino recuerdo que me adelanté a mis hermanos más chicos y algunos primos y quedé atrás a varios metros de mi abuelo. Ya llevabamos harto tiempo de recorrido, y estabamos en esa etapa en que uno camina en silencio, sorteando los obstáculos, pero sintiendo la compañia del resto, sin molestar. El río forma un callejón estrecho. Corre lento, pero con fuerza. Hay un pozón y un camino que se pierde bajo el agua. A los lados las paredes se eleban sobre unos 25 metros. Toda una serie de árboles, arbustos y plantas extrañas se expresan bebiendo del agua con sus raíces profundas, desde los muros de aquel lugar. Camino con seguridad, pero aún así mi paso es en falso. Me resbalo y me hundo en el pozón, y cuando me doy cuenta, el río me succiona a unos 2 o 3 metros bajo el agua, sumado a que en ese momento mis zapatillas, por el agua, pesan cada una una tonelada. Emerjo y me aferro a una raíz. Salgo, y todo sigue allí. Simplemente hermoso.

Recuerdo un viaje. Son las 2:30 de la mañana en Chile. Llevo casi seis horas sobre aquel avión. Todo está silencioso en la cabina, excepto por los ronquidos de alguna persona por allá lejos, y el sonido normal que llevan los aviones en pleno vuelo. Vengo de vuelta desde Panamá, y según estimo debemos estar sobrevolando Perú o bien el norte de Chile. Miro por la ventana, y entonces lo veo. Uno de los espectáculos más hermosos que recuerdo haber visto en mi vida. La luna ilumina todo desde la parte de atrás. En el horizonte veo las montañas imponentes de la cordillera de los Andes. Más allá de ellas parece que hay una tormenta eléctrica. Los colores emergen desde todas partes, rojos y azules, y blancos también. De pronto un enorme muro de nubes algodonosas se avecina a lo lejos. Es impresionante. Las nubes parecen enormes glaciares azulosos que lo llenan todos. Ya no me siento en un avión. Me siento en medio de un viaje al polo sur. Las estrellas se ven hermosas, como un lienzo sobre el que se dibuja esta escena.

El útlimo lugar no existe en la vida real. Es un trozo de un libro que escribí hace muchos años. Es el lugar que más siento como si fuese real. Dos columas de cerros de poca altura convergen a lo lejos en un lago azulado. Es de noche y llueve, pero la lluvia no es fria. De hecho no hace nada de frío. Todo el valle central está cubierto de pasto, de unos 50 centímetros de alto. Los árboles son abundantes en los cerros, pero casi ninguno en medio del valle. A lo lejos se ve una cabaña. Hay algo muerto a mi lado, y no es humano. Parece un murcielago, pero del tamaño de un hombre.


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